Centro Martin Luther King

Guayacán no es un pueblo olvidado…

Guayacán no es un pueblo olvidado. La frialdad y el silencio que puede padecer una comunidad que no tiene corriente eléctrica, se trastoca en la calidez y en la melodía de las voces de sus habitantes. Fuimos hasta allá para que ellos hicieran su propio documental* y al final nosotros, de una singular manera, nos volvimos parte de su historia.

Aterrizamos en Guantánamo. Un lada destartalado — pero con dignidad y chapa estatal — nos esperaba para iniciar la travesía. Hacemos una parada para comprar agua, por recomendación de Mónica; esta es su segunda visita a la intrincada comunidad del municipio El Salvador.

El auto nos deja, literalmente, en el medio de la nada. Lo último que recordamos es un cartel que dice Bienvenido al Consejo Popular Carrera Larga. Ahora, desde donde estamos, no aparecen rastros citadinos. Un camino de tierra se pierde entre una arboleda. «El sol en Guantánamo quema»; siempre han dicho los viajeros. Son las doce del mediodía cuando empezamos a andar.

Kilómetro y medio después, un riachuelo atraviesa el camino. Cruzamos con cuidado por encima de unas piedras que alguien solidario debió poner allí. Pasa un hombre a caballo flaco.

— ¿Son los periodistas? — , y pone encima del rocinante nuestros maletines, mochilas y el trípode.

— ¿No tienen un puente para cruzar el río? — pregunta Carla**.

La cara del hombre lleva las huellas del trabajo en el campo, del sol guantanamero y de sus ancestros taínos.

— Aquí no tenemos corriente eléctrica — , responde como si ambas cosas tuviesen que ver. Justo a la derecha, hay una pequeña escuela. En el patio juegan algunos niños con pañoletas azules y rojas.

Guayacán

Un kilómetro después de la escuela, Guayacán nos da la bienvenida. Una bodega y la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS), ambas ubicadas a la izquierda del trillo principal, constituyen el centro de la comunidad. Paramos en la bodega por algo de beber. Pomos y latas de refrescos calientes. Compramos dos de los grandes. Trillo arriba, a unos quinientos metros aparece la casa de Ciro, Idelsa y su hijo más pequeño que cursa el sexto grado.

Es una de las pocas que no tiene el piso de tierra. Sus paredes son de ladrillos. Si trazamos una línea imaginaria, se divide en dos. A la derecha una pequeña sala, un comedor y una cocina cuyos límites lo establece únicamente la posición que tienen los muebles.

A la derecha, tres habitaciones y un área destinada al baño. Las divisiones con cortinas, tablones que llegan casi al techo y un gran y rústico escaparate. En la primera duerme el matrimonio; la segunda tiene una cama grande y otra chiquita, para nosotros, los invitados; en la más pequeña, después del baño, duerme el adolescente. Al fondo, una puerta abierta hacia un patio que se nos hace infinito. Corrales, cercas, una letrina y un bohío a medio hacer.

La casa de Idelsa y de Ciro, si se ve desde aquí, parece terminar en las montañas.

Un cable eléctrico empatado entra por una de las ventanas. «Esa es la tendera», nos explica Mónica. «De un mismo cable se alimentan más de quince casas».

— ¿Roban la corriente? — pregunto sin sorpresa.

— Digamos que la tomamos prestada — dice la anfitriona, cuando nos trae un poco de café recién colado.

***

En tres días y dos noches no paramos de conversar. Ciro e Idelsa trabajan en la sala de video. Nos presentan a Nítida, Yudita, Niurkis, Manolito, Jasmín, Ismara, Yunierkis, Rosita, Milagros y Mindre, todos habitantes de Guayacán.

Por retazos vamos armando la historia de esta comunidad que, según sus pobladores — los únicos que la han reconstruido — , estuvo habitada por aborígenes; de ahí el nombre. Con el paso de los años poblaron la «comarca» negros esclavos franceses emigrados de Haití, quienes encontraron allí un espacio para asentarse. Luego, llegaron los esclavos de la región que huían de sus mayorales. Así quedó conformada la población de este espacio guantanamero. En tiempos de terratenientes y dueños, la actividad económica fundamental era la siembra, recogida y comercio del café. Los lugareños, extremadamente pobres, vivían en bohíos, eran en su mayoría analfabetos y trabajaban para «los señores». Existía una escuela primaria cuya matrícula debía ser pagada. Todas las tierras pertenecían a una única familia. La asistencia médica se tornaba escasa, cara y difícil de acceder por la lejanía. Esta situación pervivió, con algunas variaciones, hasta 1959. Con el triunfo revolucionario la comunidad cambió. La Ley de Reforma Agraria entregó las tierras a los campesinos. La Campaña de Alfabetización enseñó a leer y escribir a sus pobladores. La Revolución implicó modificaciones que incluyeron la gratuidad de los estudios primarios y de las consultas médicas. El 16 de noviembre de 1962, surge una Base Campesina — hoy CCS «Longino Riviaux» — en la que se coordinaba la distribución de insumos y pagos por las labores agrícolas. Siendo la primera de su tipo fundada en el municipio El Salvador, devino el centro económico y social de la comunidad. Por esos años en una pequeña bodega se empiezan a distribuir los productos de la canasta básica mediante la Libreta de Abastecimiento, con el objetivo de que estos productos fuesen asequibles a toda la población. El café siguió siendo la principal fuente de ingresos, y los campesinos mejoraron su situación económica con la venta de sus producciones. Todos los niños comenzaron a asistir a la escuela primaria, y continuaban estudios en una Escuela Secundaria Básica en el Campo (Esbec) en las comunidades aledañas de Bayate o Sempré, relativamente cercanas. Muy pocos llegaban a obtener el bachiller pues el acceso era bastante selectivo en cuanto a promedio académico. A finales de la década de 1980, la comunidad se incluyó en el Programa de Desarrollo de la Montaña, conocido como «Plan Turquino». A raíz de esta inclusión, la calidad de vida de los pobladores aumentó, pues obtuvieron mayores abastecimientos de alimentos y de otros insumos como aseo personal, canastilla, entre otros. En Guayacán, al no existir un consultorio, los médicos de la familia de una comunidad cercana programaban sus visitas, lo cual contribuyó al aumento de la esperanza de vida de los pobladores y a la disminución de las muertes maternas e infantiles. El acceso a la energía eléctrica era nulo debido a la situación geográfica de la comunidad que la sitúa en una zona de difícil acceso, aunque los tendidos eléctricos aparecen a una distancia aproximada de unos tres kilómetros. El 17 de noviembre de 2002, con el avance de la Batalla de Ideas, una sala de video trajo la corriente eléctrica. Por primera vez funcionaba un equipo electrodoméstico en Guayacán con la energía de los paneles solares. A partir de ese momento se organizaron horarios con actividades para que los pobladores pudieran disfrutar de la programación y de otros materiales audiovisuales. Desde ese momento la sala de video se convirtió en el centro de confluencia para las actividades recreativas, movilizativas y de cualquier otra índole, ya que, además de contar con energía eléctrica, era una de las pocas construcciones de mampostería, techo de zinc y piso de baldosa de la comunidad. Por ese entonces también, la construcción de una Despulpadora de Café posibilitó el completamiento del ciclo de producción de este cultivo en la comunidad, y la compra directa a los productores que son los propios campesinos.

La dura realidad

En Guayacán viven 416 personas agrupadas en 208 viviendas. Algunas poseen equipos electrodomésticos obviamente sin utilizar; otras conservan la fe de que, algún día, todos puedan disfrutar en sus hogares de la energía eléctrica.

Ante la carencia los pobladores han recurrido a otras alternativas. Desde los primeros años de este siglo tienen «tendederas», pedazos de cables unidos al tendido eléctrico principal, y «roban» la corriente para las casas. Pero, invento al fin, en algunas viviendas el voltaje solo permite poner el radio o el televisor a horas específicas del día. En la noche solo pueden encender un bombillo por cada casa. Alrededor de ese halo de luz, conversamos con las familias.

«Nos catalogaron una vez como una comunidad con problemas políticos, cuando amenazamos con no votar en unas elecciones. Es verdad que quizás no fue la mejor solución, pero era nuestra manera de exigir que nos dieran alguna respuesta porque hasta ese momento nadie se había pronunciado sobre nuestra situación con el fluido eléctrico, solamente para decir que había que quitar las tendederas. Ahora parece que pronto electrificarán la comunidad», comenta Yudita con cierta esperanza.

«Aquí no tenemos ningún consultorio o médico de la familia. El policlínico más cercano se encuentra en Carrera Larga, a unos cinco kilómetros de distancia. En casos de urgencias, debemos trasladarnos en carretas de bueyes o en caballos. En días en los que el caudal del río crece, la comunidad queda incomunicada y no pueden acudir los servicios de urgencias. No pedimos grandes cosas, al menos un puente, eso no le puede costar mucho al país», demanda Niurkis.

Mildre explica más. «Sin tuberías ni electricidad no existe un acueducto que abastezca. El agua la tomamos directo del río o de algunos pozos artesanales que se encuentran distribuidos en la comunidad. En tiempos de sequía es prácticamente imposible obtener el agua de forma natural, dependemos entonces de pipas gestionadas por el Delegado de la comunidad y el Consejo Popular Carrera Larga. Tratamos de beber de las zonas menos contaminadas del río (en el cual se bañan y defecan los animales), hervirla y purificarla con Hipoclorito de Sodio».

«La escuela tiene tres maestras para 44 pioneros, de ellas solo una vive en Guayacán, las otras dos vienen todos los días desde comunidades aledañas. El grado preescolar recibe clases únicas, no así el resto de los pioneros. Primero y segundo se agrupan en una sola aula, igual que tercero y cuarto, y quinto y sexto grados. Aunque es la única solución, la comprensión de los contenidos de las clases se dificulta», argumenta Idelsa preocupada por el aprendizaje de su hijo Yainier.

Cuatros voces que expresan el sentir de muchos. Sus exigencias son firmes, en cambio, no se notan en sus demandas rasgos de egoísmo o de desencanto político. Son gente de la montaña que quieren vivir mejor. Sueñan una comunidad electrificada en un país donde nunca ha sido un pecado soñar ni luchar por sus sueños.

No todo está apagado

«La Despulpadora de Café cumple un rol esencial durante la zafra, el momento más activo en la comunidad. Todo el mundo tiene que ver con la recogida del grano. El cuidado de animales es también una forma de emplear el tiempo en Guayacán. Muchos pobladores crían en sus patios cerdos, gallinas, carneros, chivos, caballos y vacas. Eso nos garantiza la alimentación. También vendemos alguna que otra cría, o un racimo de cambute; eso es plátano periodista — aclara Manolito en tono de cándida burla y añade — : Aquí es muy común que los animales convivan en los mismos espacios que las personas durante el día».

Ciro interviene con cierta emoción y gran sentido de pertenencia: «No todo está “apagado” en Guayacán. La alegría es parte de nuestra idiosincrasia. Aquí cantamos y bailamos el changüí, que surgió en esta zona y lo danzó José Policarpo por primera vez. Aquí vino Frei Betto a conversar con nosotros y a conocer nuestra comunidad. Lo escuchamos con mucha atención. Somos pobres, pero educados, cultos, instruidos».

«Muchas personas me han tratado de convencer para que me vaya a la ciudad. Pero a mí no me gusta. Yo siempre he pensado que si todos nos vamos de aquí, ¿quién se queda en el campo? Y nosotros aquí somos importantes porque garantizamos la comida de la gente de la ciudad, y eso es muy importante», sentencia Nítida con un altruismo que impresiona.

La noche es muy linda en Guayacán. En compensación a la ausencia de flujo eléctrico, relampaguean todas las estrellas. Y precisamente hoy la luna decidió ponerse bien redonda. Estamos sentados a la orilla de una lámpara recargable que se nos antoja fogata campestre. Idelsa nos cuenta de cuando estudió en la universidad, de su infancia en Guayacán, de sus inquietudes sobre el futuro de su hijo: quiere que estudie y se haga un hombre de bien.

Ciro parece un narrador de cuentos. Habla de sus meses en Angola y de aquella vez en que emboscaron a doce monos que avanzaban en la noche y que ellos confundieron con el enemigo. Se pone serio cuando menciona a sus compañeros caídos; y vuelve a sonreír jaraneramente cuando Mónica le pregunta si sabe bailar changüí.

Al final de la charla el silencio no es interrumpido por ninguna pregunta. Casi nos vamos a acostar cuando Ciro empieza a silbar. El sonido se propaga de manera insospechada, parece que la melodía llega a cada casa y se pierde más allá en la montaña.

— Deberíamos grabarlo — dice Carla.

Mónica y yo asentimos con la cabeza. Entre tanto silencio, la música de Ciro podría ser la mejor manera de empezar un documental.

Notas…

*El documental es resultado de un proceso grupal y participativo en el que los pobladores de Guayacán decidieron hacer un audiovisual, con el acompañamiento de la Red de Educadores y Educadoras Populares.

  • Carla Valdés León, realizadora audiovisual

Tomado de la revista Alma Mater

Última modificación: 5 de septiembre de 2018 a las 15:53
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